Creatividad

Cuando una cremallera lo cambió todo

Cuando empecé este bolso de ganchillo artesanal marrón y negro, en mi cabeza estaba prácticamente terminado. Tenía clara la forma, los colores, la estructura… Vamos, que sabía perfectamente lo que estaba haciendo. O eso creí

Durante un tiempo, además, el bolso decidió colaborar conmigo y todo iba exactamente según lo previsto. Hasta que llegó una cremallera. Una simple cremallera rectangular de polipiel. Nada revolucionario. No estaba intentando reinventar el mundo de los bolsos: simplemente quería cerrarlo. Pues resulta que la cremallera tenía otros planes.

El proyecto estaba clarísimo. Más o menos. En cuanto la coloqué, la estructura cambió. El bolso empezó a adoptar una forma diferente a la que yo había imaginado y mi primera reacción fue bastante previsible: «¿Y ahora qué hago?»

Porque cuando llevas horas creando un bolso de ganchillo y, de repente, una parte del proyecto decide independizarse y seguir su propio camino, durante unos segundos contemplas seriamente la posibilidad de desmontarlo todo y fingir que aquello nunca ocurrió. Pero lo miré otra vez. Y… me gustaba.

De hecho, me gustaba incluso más. Aquella forma que no había planeado le daba personalidad. Mi maravilloso proyecto mental, perfectamente organizado hasta el último detalle, acababa de cambiar de dirección. Y, por una vez, decidí no intentar llevarlo de vuelta por el camino correcto. Porque quizá el camino correcto era precisamente ese.

Crear un bolso de ganchillo no es solo contar puntos

Desde fuera, hacer un bolso artesanal de ganchillo puede parecer principalmente una cuestión de técnica. Y, por supuesto, la técnica importa. Puntos, medidas, hilo, forro, refuerzos, costuras…Y ese maravilloso momento en el que llevas contando puntos durante cinco minutos, alguien te habla y tu cerebro hace: «Genial. ¿Iba por el 37 o por el 47?»

Pero crear también es otra cosa. Es probar, cambiar de idea, deshacer y volver a hacer. Es mirar el bolso desde cinco ángulos diferentes esperando que, misteriosamente, desde uno de ellos aparezca la solución. Y a veces ocurre algo todavía mejor: haces algo que no estaba previsto y descubres que funciona. Ahí es donde el proceso creativo empieza a ponerse interesante.

Y entonces pensé: esto me suena…

Mientras miraba aquella bendita cremallera pensé en algo. ¿Cuántas veces hacemos exactamente lo mismo con nuestra vida? Nos montamos un plan. Sabemos lo que queremos hacer, cómo debería ocurrir e incluso, si nos dejan, probablemente también a qué hora. Y entonces llega la vida, mira nuestro precioso plan y dice: «Qué bonito. Bueno… vamos a hacer otra cosa.» Gracias por avisar.

Al principio no suele hacernos demasiada gracia, porque no era así como tenía que salir. Pero pasa un poco de tiempo, lo miramos desde otro ángulo y quizá pensamos: «Pues… tampoco está tan mal.» A veces incluso está mejor.

Cuando los planes cambian

Mi bolso marrón y negro no terminó siendo el bolso que había imaginado. Terminó siendo otro. Y me gusta más.

No voy a decir que, a partir de ahora, considere las cremalleras grandes maestras espirituales. Tampoco hace falta exagerar. Pero esta me recordó algo que se me olvida bastante a menudo: Cambiar de camino no significa necesariamente haberse equivocado de camino. A veces simplemente significa haber encontrado uno que todavía no conocíamos. Y quizá algunas de las historias más bonitas empiezan exactamente así: con un plan perfecto, una pequeña desviación y alguien pensando: «Bueno… ya que estamos, vamos a ver adónde nos lleva esto.»

¿Y tú? ¿Has tenido alguna vez tu propia «cremallera»? Esa pequeña cosa que cambió por completo tus planes y que, con el tiempo, acabó llevándote a un lugar mejor del que habías imaginado. Si te apetece, cuéntamelo.

En El Diario de To Be parece que tenemos cierta debilidad por los planes que no salen según lo planeado.