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El mismo bolso, cinco personalidades.

Ayer terminé este bolso de crochet. Color claro, forma sencilla, un asa marrón y pocos detalles. Podría decir que está terminado.
Pero mientras lo miraba pensé en una cosa: ¿cuánto puede cambiar un bolso si modificamos solamente un detalle?
Así que vamos a hacer un pequeño experimento. No cambiamos el hilo, el punto ni la forma del bolso. Cambiamos solamente algunos accesorios.
Un asa marrón: sencillo y natural
Esta es la versión que elegí.
El marrón combina con el tono claro del crochet y mantiene un aspecto sencillo y natural. Es probablemente la opción que más fácilmente utilizaría durante el día, con vaqueros, vestidos o ropa en tonos neutros.
Ahora quitamos el asa. El bolso se queda exactamente igual.
Y empezamos a jugar.
Una cadena dorada: nos vamos de cena
Sustituimos el asa marrón por una cadena dorada y ya tenemos otra cosa.
El dorado destacaría mucho más sobre el color claro y le daría un aspecto más elegante. Yo ya no lo imaginaría solamente como un bolso para todos los días, sino también para una cena o una ocasión un poco más especial.
Mismo crochet. Misma forma. Una cadena diferente.
Un asa negra: más contraste
Ahora probamos con un asa negra, sencilla pero más estructurada.
El contraste sería mucho más fuerte y el bolso tendría un aspecto más moderno. Incluso la ropa con la que lo combinaría sería diferente.
Y seguimos sin tocar ni un solo punto.
¿Y si añadimos flecos?
Aquí entramos en terreno peligroso porque últimamente yo y los flecos nos estamos viendo demasiado.
Podríamos añadirlos en la parte inferior y llevar inmediatamente el bolso hacia un estilo mucho más boho.
Mismo color, misma forma y misma técnica.
Pero visualmente ya estaríamos hablando de otra personalidad.
Madera, bambú… o simplemente un pañuelo
Un asa de madera o bambú cambiaría otra vez el resultado y le daría un aire mucho más veraniego.
Pero tampoco necesitamos sustituir siempre una pieza. Un pañuelo de color atado al asa, un pequeño charm o un accesorio diferente pueden ser suficientes para transformar el bolso durante un día y desaparecer al siguiente.
Y quizá esta sea una de las partes más divertidas de hacer bolsos de crochet: terminar el bolso no significa necesariamente terminar de jugar con él.
Yo esta vez me quedo con el asa marrón.
Pero viendo todas las posibilidades, ya tengo curiosidad por probar el mismo experimento con otro bolso.
Aunque, conociéndome, probablemente empezaré cambiando el asa y terminaré haciendo otro bolso completamente distinto. ❤️
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El arte de nuestras abuelas, tan actual como TikTok

El ganchillo tiene siglos de historia a sus espaldas. Y, sin embargo, aquí sigue en 2026: aparece en Instagram, en vídeos de TikTok y hasta en las pasarelas de grandes firmas de moda.
La misma técnica que durante años hemos relacionado con nuestras abuelas hoy aparece en bolsos, vestidos, faldas, tops y accesorios llevados por gente que probablemente nunca ha tenido un tapete de ganchillo encima de la televisión.
Así que la pregunta es bastante lógica: ¿cómo puede algo tan antiguo seguir pareciendo actual?
El ganchillo no necesitaba modernizarse
Para hacer ganchillo seguimos necesitando básicamente lo mismo: un hilo, un ganchillo y dos manos. No necesita electricidad, actualizaciones ni un tutorial de treinta páginas para instalar la última versión.
La técnica permanece, pero todo lo que hacemos con ella ha cambiado muchísimo. Cambian los materiales, los colores, las formas y la manera de combinar las piezas. El mismo ganchillo puede convertirse en aquel típico tapete que todos hemos visto alguna vez o en un bolso negro, un vestido o una falda completamente contemporánea.
No ha cambiado el gesto. Ha cambiado lo que hacemos con él.
De los tapetes a las pasarelas
Y aquí llega la parte que me hace gracia. En 2026 la moda sigue recuperando precisamente esa estética que durante mucho tiempo parecía “de abuela”. Se habla de granny chic y grandmacore, mientras el crochet aparece en bolsos, vestidos y otras prendas actuales.
Quizá el secreto esté precisamente ahí: tomar una técnica tradicional y utilizarla de una manera diferente.
Porque una cosa es llevar el mantel de la abuela y otra convertir el mismo tipo de trabajo en un bolso.
Aunque, visto cómo funciona la moda, tampoco descartaría que dentro de unos años salgamos directamente con el mantel.
De la abuela a YouTube
También ha cambiado la manera de aprender. Durante generaciones una madre, una abuela o una tía enseñaba dónde meter el ganchillo, cómo sujetar el hilo o por qué aquel punto estaba otra vez mal.
Hoy puedes aprender delante de una pantalla.
Yo soy un ejemplo bastante claro. Encontré un ganchillo y un poco de hilo dentro de un cajón y no tenía a nadie sentado a mi lado para explicarme qué hacer. Así que recurrí a Internet.
Un vídeo. Después otro. Después veinte. Después probablemente cientos.
Once años más tarde sigo trabajando a ganchillo.
El profesor cambió. El gesto sigue pasando de una persona a otra.
Quizá nunca se fue
Por eso no sé si tiene mucho sentido decir que el ganchillo “ha vuelto”. Para volver, primero tendría que haberse ido.
Ha pasado de unas manos a otras durante generaciones. Ahora tiene nuevos colores, nuevas formas, redes sociales y diseñadores que vuelven a mirarlo, pero seguimos haciendo algo bastante sencillo: coger un hilo y transformarlo, punto a punto, en otra cosa.
Quizá el ganchillo nunca necesitó volver. Quizá nunca se fue del todo.
Y ahora tengo curiosidad: ¿tú de quién aprendiste? ¿De tu madre, de tu abuela, de alguien cercano… o perteneces, como yo, a la generación de las “abuelas digitales” de YouTube? ❤️
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Hola, soy Cristina

Tengo 41 años, soy italiana, nací en Milán y desde hace más de diez años vivo en Gran Canaria. Y no, no fue uno de esos planes que llevaba preparando toda la vida.
Todo empezó con un viaje de novios. Vine a Gran Canaria, me gustó y en algún momento apareció esa idea que al principio parece medio absurda: ¿y si nos quedamos? Pues nos quedamos.
Al principio todo era bastante emocionante. Una isla nueva, otra vida, otro clima y la sensación de estar empezando desde cero. Muy bonito. Hasta que empiezas desde cero de verdad.
Porque mudarse a otro país no significa solamente cambiar de casa. Significa aprender otro idioma, entender otra forma de vivir, conocer gente nueva e intentar encontrar tu sitio dentro de una sociedad que todavía no sientes completamente tuya.
Y mientras intentaba construir aquella nueva vida ocurrió algo bastante pequeño que, sin saberlo, terminaría siendo importante para mí. En la casa que alquilé y que finalmente se convirtió en mi hogar, encontré dentro de un cajón un ganchillo y un poco de hilo.
No tenía ni idea de qué hacer con aquello. Así que hice lo más peligroso que podía hacer: buscar un vídeo en Internet. Después vino otro. Y otro. Y otro.
El resultado durante bastante tiempo fue un pequeño desastre de hilos, puntos torcidos y cosas que probablemente no deberían enseñarse públicamente.
Aprendí completamente sola, probando, deshaciendo y volviendo a empezar. Y necesité casi tres años hasta conseguir hacer mi primer bolso que podía mirar y pensar: “Vale, esto ya parece un bolso de verdad.”
Hoy han pasado unos once años desde aquel ganchillo encontrado por casualidad en un cajón. Sigo trabajando con mis manos, sigo aprendiendo y sigo teniendo más ideas de las que probablemente necesito.
También escribo, creo proyectos y cambio de opinión bastante más de lo que me gustaría admitir. Y de eso, en realidad, trata este diario. No solamente de ganchillo, sino de todas las cosas que van apareciendo mientras intentamos construir una vida que se parezca un poquito más a nosotros.
Así que sí, soy Cristina.
Y pensar que todo este lío empezó con un ganchillo olvidado dentro de un cajón. ❤️
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El sueño es el mismo. Solo he cambiado de carretera.

Hace unos meses tenía un plan bastante claro. Sabía lo que quería hacer, cómo quería hacerlo e incluso había empezado a imaginar cuándo. Pero a veces cambiar de camino no significa cambiar de sueño.
Perfecto.
Luego la vida hizo una de esas cosas que hace bastante bien: no preguntarme absolutamente nada y cambiar algunas condiciones.
Y tuve que modificar el plan. No el sueño. El plan.
Cuando tienes el mapa perfectamente dibujado
Tengo una pequeña tendencia a organizar las cosas. Bueno… “pequeña” quizá no sea exactamente la palabra correcta. Me gusta saber hacia dónde voy, hacer listas, pensar en los siguientes pasos, imaginar escenarios y tener, si es posible, un plan B preparado por si el plan A decide hacer el idiota. Me da tranquilidad.
Por eso, cuando hace unos meses empecé a pensar seriamente en algunos proyectos personales, hice exactamente eso. Construí mi pequeña carretera mental. Sabía cuál era el siguiente paso y cuál vendría después. Y durante un tiempo funcionó. Hasta que dejó de hacerlo.
No ocurrió ninguna tragedia. Simplemente algunas circunstancias cambiaron y aquello que había imaginado de una manera empezó a necesitar otra forma. Y reconozco que mi primera reacción no fue precisamente: “Qué maravilla. Una oportunidad para crecer y descubrir nuevos caminos.”
No.
Mi primera reacción fue bastante más parecida a: “Pero si ya lo tenía todo organizado.”
Mucho más realista.
Cambiar el plan no significa empezar de cero
Creo que durante mucho tiempo he confundido dos cosas: cambiar de idea y cambiar la manera de llegar a una idea. No son lo mismo.
Mi objetivo sigue siendo prácticamente el mismo. Quiero crear, quiero escribir y quiero seguir construyendo proyectos que algún día puedan ocupar un espacio mucho más importante en mi vida. Eso no ha cambiado. Lo que ha cambiado es el camino que había imaginado para llegar hasta allí.
Y curiosamente, cuando entendí esa diferencia, todo empezó a pesar un poco menos. Porque no estaba renunciando. Tampoco estaba volviendo al punto de partida. Simplemente estaba recalculando la ruta. Como el GPS. Aunque espero ser un poco menos pesada con aquello de “cuando sea posible, realice un cambio de sentido”.
La vida no desaparece porque tengas un sueño
Esta es quizá la parte menos romántica de tener proyectos. Puedes tener muchísimas ganas de construir algo tuyo, despertarte por la mañana con una idea, sentarte delante del ordenador, escribir, crear y pensar que esta vez sí, que podrías quedarte allí durante horas.
Y entonces miras el reloj.
Hay que parar.
Porque existe otra parte de tu vida. Hay horarios, trabajo, casa, compromisos, compras, responsabilidades y todas esas pequeñas cosas que no desaparecen simplemente porque tú hayas decidido tener un sueño.
Y no voy a fingir que siempre me encanta. Hay días en los que preferiría tener ocho horas para mis proyectos y no una. Hay veces en las que tengo que cerrar el ordenador justo cuando estaba entrando en una idea o dejar algo a medias cuando precisamente estaba empezando a tomar forma. Fastidia. Sería bastante absurdo decir lo contrario.
Pero últimamente intento no verlo como tiempo perdido. Porque esa hora que tuve sigue existiendo. Lo que escribí sigue ahí. Lo que creé también. Y mañana puedo continuar.
Quizá el problema era pensar que solo existía una carretera
Cuando queremos mucho algo, a veces diseñamos también la forma exacta en la que creemos que debería suceder. Y, sin darnos cuenta, empezamos a pensar que cualquier desviación significa que nos estamos alejando.
Ahora no estoy tan segura.
Quizá algunas veces simplemente estamos entrando por otra autopista. Puede ser más larga, puede tener más curvas, puede obligarnos a reducir la velocidad y puede que en algún momento nos haga pensar: “¿Seguro que era por aquí?”
Pero si la dirección sigue siendo la misma, quizá no estamos tan perdidos como creemos.
Para mí, reinventar el plan ha significado precisamente eso: mirar lo que tengo hoy, aceptar lo que no puedo cambiar inmediatamente y preguntarme: “Vale. Con esto que tengo ahora, ¿qué puedo hacer?”
No dentro de un año. No cuando tenga más tiempo. No cuando todas las circunstancias sean perfectas. Ahora.
Y algunas veces la respuesta es mucho más pequeña de lo que me gustaría. Pero sigue siendo una respuesta.
No todo cambio tiene que ser maravilloso
También creo que hemos convertido demasiado el cambio en algo que necesariamente tiene que ser precioso. Cambias de rumbo y automáticamente tienes que sentirte renovada, aprender una lección, dar las gracias al universo, comprar una libreta nueva…
No sé.
A veces un cambio simplemente no era lo que querías. Y puedes reconocerlo sin convertirlo en una tragedia. Puedes pensar “prefería mi primer plan” y cinco minutos después sentarte a construir el segundo. Una cosa no invalida la otra.
Quizá ahí está para mí la diferencia entre resignarse y adaptarse. Resignarme sería dejar de pensar en aquello que quiero porque ahora resulta más complicado. Adaptarme es decir: “Vale, así no. Veamos de qué otra manera.”
Y creo que, al menos ahora mismo, estoy exactamente ahí.
Sigo yendo al mismo sitio
No sé cuánto tardaré. Y esta frase, hace algún tiempo, probablemente me habría puesto bastante nerviosa. Ahora intento llevarme mejor con ella.
Quizá llegue más tarde de lo que había imaginado. Quizá dentro de seis meses vuelva a modificar el plan. Incluso puede que descubra por el camino que alguna de las cosas que hoy quiero ya no me interesa tanto. También sería válido. Porque tener un sueño no debería convertirse en otra obligación que cumplir exactamente como estaba escrita.
Por ahora sé una cosa: sigo queriendo crear, sigo queriendo escribir y sigo teniendo curiosidad por descubrir hasta dónde pueden llegar algunas de las ideas que hoy ocupan mi escritorio —y bastante espacio dentro de mi cabeza—.
Así que no. No he cambiado de destino. Solo he cambiado de carretera.
Y mientras siga avanzando, creo que puedo convivir bastante bien con eso.
Eso sí. Después de tanto recalcular la ruta, espero que por lo menos esta autopista tenga poco tráfico. ❤️
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¿Cómo convivir con una mente creativa sin volverse loca?

Si has llegado hasta aquí buscando una respuesta, tengo una mala noticia.
Yo también la estoy buscando.
Porque tener una mente creativa suena maravilloso. Parece una de esas cualidades bonitas que una dice con orgullo: “Soy una persona creativa.” Hasta que tienes que convivir con ella todos los días. Y entonces la cosa cambia. Porque una mente creativa no tiene horarios. No le importa si estás trabajando, cocinando, intentando dormir o haciendo algo que requiere un mínimo de concentración. Ella aparece.
—Oye, he tenido una idea.
Y tú intentas ignorarla.
—Ahora no.
—Pero es buena.
—He dicho que ahora no.
—Vale. Te la recordaré dentro de tres minutos.
Y así vivimos.
Mi cabeza tiene demasiadas pestañas abiertas
A veces estoy trabajando y se me ocurre una idea para un bolso. Perfecto. Mentalmente empiezo a imaginar el color, la forma, el material, los detalles…Pero mientras estoy pensando en ese bolso, aparece otra idea. Esta vez para escribir. Entonces intento guardarla en algún rincón de mi cabeza para recuperarla después. El problema es que, cuando finalmente llega ese “después”, probablemente ya haya pensado también en otra cosa. Y de repente tengo un bolso por terminar, un artículo a medias, varias notas en el móvil y una idea completamente nueva que, por supuesto, en ese momento me parece la mejor idea que he tenido en mi vida.
Hasta mañana. Mañana ya veremos. Creo que una de las cosas más curiosas de tener una mente creativa es precisamente esa: el problema casi nunca es no tener ideas. El problema es saber qué hacer con todas ellas.
Cuando tener muchas ideas no significa hacer muchas cosas
Durante mucho tiempo pensé que cada buena idea tenía que convertirse en algo. Si imaginaba un bolso, quería hacerlo. Si pensaba en un proyecto, quería empezarlo. Si se me ocurría algo nuevo, automáticamente sentía esa necesidad de probar. Y claro, llega un momento en el que la cabeza va muchísimo más rápido que las manos. Porque las ideas son gratis y aparecen en cinco segundos. Hacerlas realidad es otra historia. Necesitan tiempo, pruebas, errores, materiales, paciencia y, en mi caso, probablemente algún momento mirando fijamente una creación mientras pienso: “Esto en mi cabeza era bastante más bonito.” Y aquí estoy aprendiendo algo que todavía me cuesta bastante aceptar: tener una idea no significa que tenga que realizarla inmediatamente. Ni siquiera significa que tenga que realizarla algún día. Puedo simplemente apuntarla. Y dejarla ahí. Sí, ya sé. Parece una cosa facilísima.
Intenta explicárselo a mi cerebro.
Y sí, algunas veces ocurre exactamente lo contrario
Lo más curioso de todo es que una mente llena de ideas tampoco funciona siempre así. También existen esos días en los que te sientas delante de tus materiales y, de repente, silencio. Nada. Miras los ovillos. Los ovillos te miran a ti. Y piensas:
“¿Pero no eras tú la de las trescientas ideas?”
Sí. Era yo. No sé dónde se han metido. Pero esa es otra historia.
Y creo que el bloqueo creativo merece su propia página de este diario, porque intentar meterlo aquí sería abrir otra de esas veinte pestañas que precisamente estoy intentando cerrar.
Ya hablaremos de él.
Entonces… ¿cómo se convive con una mente creativa?
No tengo ni idea. Gracias por leer mi artículo. Nos vemos la semana que viene.
Bueno, vale. 😂 Algo estoy aprendiendo. Estoy intentando escribir las ideas antes de salir corriendo detrás de ellas. Estoy intentando terminar algunas cosas antes de empezar otras. Digo intentando porque tampoco quiero mentir en mi propio diario. Y, sobre todo, estoy empezando a aceptar que no todas mis ideas necesitan convertirse en proyectos. Algunas serán buenas. Otras serán horribles. Algunas las apuntaré hoy y dentro de seis meses pensaré:
“Cristina, ¿qué pretendías hacer exactamente con esto?”
Y seguramente habrá alguna que se quede esperando durante meses hasta que llegue su momento. Quizás convivir con una mente creativa tenga más que ver con eso que con intentar controlarla.
No quiero ponerle un freno. Quiero aprender a escucharla
Porque tampoco quiero organizar tanto mi creatividad que termine quitándole precisamente lo que más me gusta de ella. La espontaneidad.
Esa sensación de estar haciendo una cosa y pensar de repente:
“¿Y si pruebo esto?”
Muchas de las cosas que más me gustan han empezado precisamente así. Sin un gran plan. Probando. Equivocándome. Cambiando algo por el camino. Volviendo atrás. Y algunas veces terminando en un lugar completamente diferente al que había imaginado al principio. Así que no, no quiero apagar esa parte de mí. Solo quiero aprender que escuchar una idea no significa tener que obedecerla inmediatamente.
Creo que ahí está mi batalla actual. Mi cabeza puede seguir imaginando veinte cosas. Yo simplemente tengo que decidir cuál merece mi tiempo hoy. Mañana negociaremos otra vez.
Esta vez los consejos los pido yo
Normalmente, cuando buscamos algo en Internet, encontramos a alguien dispuesto a explicarnos cómo deberíamos hacerlo. Cinco pasos. Siete trucos. Diez hábitos. Esta vez no. No tengo una fórmula para convivir con una mente creativa sin volverse loca.Y sospecho que intentar controlarla completamente sería precisamente una forma de estropearla. Quizás simplemente tengamos que aprender a dejarle espacio sin permitir que ocupe toda la casa. Yo todavía estoy practicando. Así que esta vez quiero cambiar las reglas.
Si tú también tienes una cabeza con veinte pestañas abiertas al mismo tiempo, quiero saber cómo lo haces.
¿Cómo organizas tus ideas?
¿Las apuntas? ¿Empiezas inmediatamente?
¿Tienes una libreta llena de proyectos que probablemente no verán jamás la luz?
¿O eres de esas personas misteriosas capaces de tener una idea, terminarla y después pasar tranquilamente a la siguiente?
Porque si perteneces al último grupo, necesitamos hablar. 😂
Podemos continuar la conversación en Facebook o Instagram, en To Be Gran Canaria.
Esta vez no vengo a darte consejos. Vengo a pedirlos. Y mientras tanto seguiré intentando convivir con mi cabeza. Ella pone las ideas. Yo intento poner un poco de orden. De momento, creo que es el acuerdo más razonable al que hemos conseguido llegar. ❤️
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Cuando una cremallera lo cambió todo

Cuando empecé este bolso de ganchillo artesanal marrón y negro, en mi cabeza estaba prácticamente terminado. Tenía clara la forma, los colores, la estructura… Vamos, que sabía perfectamente lo que estaba haciendo. O eso creí
Durante un tiempo, además, el bolso decidió colaborar conmigo y todo iba exactamente según lo previsto. Hasta que llegó una cremallera. Una simple cremallera rectangular de polipiel. Nada revolucionario. No estaba intentando reinventar el mundo de los bolsos: simplemente quería cerrarlo. Pues resulta que la cremallera tenía otros planes.
El proyecto estaba clarísimo. Más o menos. En cuanto la coloqué, la estructura cambió. El bolso empezó a adoptar una forma diferente a la que yo había imaginado y mi primera reacción fue bastante previsible: «¿Y ahora qué hago?»
Porque cuando llevas horas creando un bolso de ganchillo y, de repente, una parte del proyecto decide independizarse y seguir su propio camino, durante unos segundos contemplas seriamente la posibilidad de desmontarlo todo y fingir que aquello nunca ocurrió. Pero lo miré otra vez. Y… me gustaba.
De hecho, me gustaba incluso más. Aquella forma que no había planeado le daba personalidad. Mi maravilloso proyecto mental, perfectamente organizado hasta el último detalle, acababa de cambiar de dirección. Y, por una vez, decidí no intentar llevarlo de vuelta por el camino correcto. Porque quizá el camino correcto era precisamente ese.
Crear un bolso de ganchillo no es solo contar puntos
Desde fuera, hacer un bolso artesanal de ganchillo puede parecer principalmente una cuestión de técnica. Y, por supuesto, la técnica importa. Puntos, medidas, hilo, forro, refuerzos, costuras…Y ese maravilloso momento en el que llevas contando puntos durante cinco minutos, alguien te habla y tu cerebro hace: «Genial. ¿Iba por el 37 o por el 47?»
Pero crear también es otra cosa. Es probar, cambiar de idea, deshacer y volver a hacer. Es mirar el bolso desde cinco ángulos diferentes esperando que, misteriosamente, desde uno de ellos aparezca la solución. Y a veces ocurre algo todavía mejor: haces algo que no estaba previsto y descubres que funciona. Ahí es donde el proceso creativo empieza a ponerse interesante.
Y entonces pensé: esto me suena…
Mientras miraba aquella bendita cremallera pensé en algo. ¿Cuántas veces hacemos exactamente lo mismo con nuestra vida? Nos montamos un plan. Sabemos lo que queremos hacer, cómo debería ocurrir e incluso, si nos dejan, probablemente también a qué hora. Y entonces llega la vida, mira nuestro precioso plan y dice: «Qué bonito. Bueno… vamos a hacer otra cosa.» Gracias por avisar.
Al principio no suele hacernos demasiada gracia, porque no era así como tenía que salir. Pero pasa un poco de tiempo, lo miramos desde otro ángulo y quizá pensamos: «Pues… tampoco está tan mal.» A veces incluso está mejor.
Cuando los planes cambian
Mi bolso marrón y negro no terminó siendo el bolso que había imaginado. Terminó siendo otro. Y me gusta más.
No voy a decir que, a partir de ahora, considere las cremalleras grandes maestras espirituales. Tampoco hace falta exagerar. Pero esta me recordó algo que se me olvida bastante a menudo: Cambiar de camino no significa necesariamente haberse equivocado de camino. A veces simplemente significa haber encontrado uno que todavía no conocíamos. Y quizá algunas de las historias más bonitas empiezan exactamente así: con un plan perfecto, una pequeña desviación y alguien pensando: «Bueno… ya que estamos, vamos a ver adónde nos lleva esto.»
¿Y tú? ¿Has tenido alguna vez tu propia «cremallera»? Esa pequeña cosa que cambió por completo tus planes y que, con el tiempo, acabó llevándote a un lugar mejor del que habías imaginado. Si te apetece, cuéntamelo.
En El Diario de To Be parece que tenemos cierta debilidad por los planes que no salen según lo planeado.
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Querido diario (pero no me llames adolescente)

Querido diario. Pues sí. Lo he escrito de verdad. A los 40 años. Ya me imagino a alguien pensando en un cuaderno rosa con candado, un bolígrafo con pompón y una página que empieza así: «Hoy Marcos me ha mirado durante el recreo.» Tranquilas. Marcos no está. Y, por desgracia, el recreo tampoco. Pero sigo pensando que hay algo precioso en escribir un diario personal. Porque cuando escribes te quedas a solas contigo misma. Sin filtros, sin público y sin nadie a quien tengas que explicar por qué hiciste una cosa en lugar de otra. Incluso puedes mentirte, claro. Pero sería un poco como hacer trampas jugando al solitario: puedes hacerlo, pero luego ganar no tiene demasiada gracia.
Vivimos corriendo.
Corremos para ir al trabajo y hacer la compra. Contestamos mensajes, recordamos contraseñas, pagamos facturas y, de paso, intentamos averiguar por qué demonios hemos abierto la nevera. Y mientras hacemos una cosa, ya estamos pensando en las otras siete. Escribir un diario, en cambio, hace justo lo contrario: te obliga a parar. A volver a una emoción, una conversación o uno de esos pequeños detalles que parecían no significar nada y que, al final, resulta que sí.
Y entonces llegó To Be.
Hace tiempo dejé atrás la vida que conocía para empezar de nuevo en otro lugar. Tenía planes. Muchos planes. Sin embargo, la vida los miró, probablemente se echó unas risas y decidió hacer lo que le dio la gana. Muy amable por su parte. Y, curiosamente, fue en medio de todos esos cambios cuando nació To Be. Dos palabras sencillas. Para mí acabaron significando muchísimo más que aquel verbo que repetíamos en el colegio: ser, cambiar, volver a empezar, encontrar tu propio camino… incluso cuando todavía no tienes muy claro qué demonios estás haciendo.
Y de ahí nace El Diario de To Be
No soy psicóloga, ni life coach, ni mucho menos una gurú. Tampoco me levanto a las cinco de la mañana para meditar mirando el amanecer mientras bebo agua con limón. A las cinco de la mañana, si todo va bien, estoy durmiendo. Soy simplemente una mujer de 40 años que ha vivido algunas cosas, está viviendo otras y todavía intenta entender unas cuantas. Aquí hablaremos de creatividad, cambios y soledad. También de egoísmo sano, expectativas, estilo y pequeños momentos felices. Y, por supuesto, del miedo al qué dirán y de todas esas preguntas que aparecen en nuestra cabeza sin tener siquiera la educación de llamar antes de entrar. No encontrarás fórmulas mágicas. Ni tampoco «Las 5 reglas para ser feliz antes del viernes.» Si las conociera, probablemente este blog tendría un título muy diferente.
Aquí podemos simplemente ser.
Aquí encontrarás experiencias, pensamientos y, espero, alguna que otra risa. A veces quizá pienses: «Vaya. A mí también me pasa.» Otras: «Cristina, esta vez has dicho una tontería.» También está permitido. Al fin y al cabo, quiero que este diario sea precisamente eso: un lugar donde podamos hablar de cosas serias sin tomarnos siempre demasiado en serio. Quizá llegues hasta aquí por casualidad buscando algo en Google. Quizá leas un artículo y desaparezcas para siempre en la inmensidad de Internet. Sin rencores. O quizá vuelvas la semana siguiente pensando: «A ver qué ha hecho esta ahora.» Si ocurre, para mí ya habrá valido la pena. Esta es la primera página de El Diario de To Be. Yo empiezo a escribir. Tú, si quieres, ponte cómoda.
Bienvenida.